Martes de la XXII semana del Tiempo Ordinario

Unos minutos con Dios

Empezamos la oración de la mañana: En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Lee y medita la Palabra de Dios. Si es necesario, léala de nuevo usando tu propia Biblia:

Evangelio según San Lucas 4, 31-37

En aquel tiempo, Jesús fue a Cafarnaúm, ciudad de Galilea, y los sábados enseñaba a la gente. Todos estaban asombrados de sus enseñanzas, porque hablaba con autoridad.

Había en la sinagoga un hombre que tenía un demonio inmundo y se puso a gritar muy fuerte: “¡Déjanos! ¿Por qué te metes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido a destruirnos? Sé que tú eres el Santo de Dios”.

Pero Jesús le ordenó: “Cállate y sal de ese hombre”. Entonces el demonio tiró al hombre por tierra, en medio de la gente, y salió de él sin hacerle daño. Todos se espantaron y se decían unos a otros: “¿Qué tendrá su palabra? Porque da órdenes con autoridad y fuerza a los espíritus inmundos y éstos se salen”. Y su fama se extendió por todos los lugares de la región.

Oración: dedica unos minutos a tener un diálogo espontáneo con Cristo de corazón a Corazón; intercede por tu familia…

El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién podrá hacerme temblar?

Hoy suplico a mi amado Señor Jesús, la gracia de su enseñanza toque mi corazón, y por el regalo que significa, pueda llevarle mis necesidades, preocupaciones y problemas, que son parte de mi vida y con la ayuda de su amor pueda continuar el camino.

Dejaré que su paz toque mi corazón cuando esté atribulado y cuando la necesite. “Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío”.

Ayúdame, Señor Jesús, a escuchar tu Voz y aceptar tu autoridad mientras Tú buscas guiarme a la vida. Amén.

Contempla la Palabra de Dios (en silencio, deja actuar en ti al Espíritu de Dios). Actúa y conserva la Palabra en tu vida hoy. 

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Por lo tanto, animaos mutuamente y confortaos unos a otros con estas palabras» (cf. 1 Tesalonicenses 5,11).

 «Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer, Vos me lo disteis, a Vos, Señor, lo torno. Todo es vuestro. Disponed a toda vuestra voluntad, dadme vuestro amor y gracia que ésta me basta».

Para las lecturas del día, por favor vaya aquí.

Lectura Espiritual

Vemos en este Evangelio que un hombre que tenía un demonio dentro comienza a gritarle, pero lo más interesante es que lo reconoce como «el Santo de Dios». El demonio se da cuenta que delante de él está alguien muchísimo más grande y poderoso.

La pregunta que me surge al contemplar este Evangelio es, ¿por qué no reconozco o reconocemos a Cristo y lo proclamamos Santo de Dios en todo momento? Creo que lo que nos invita este pasaje es a poder reconocer en todo momento a Cristo en nuestra vida. Cristo se hace presente, pero muchas veces somos incapaces de verlo porque en verdad no queremos.

Para poder ver a Cristo necesitamos encontrarnos con Él, necesitamos saber quién es Cristo para cada uno de nosotros. El encuentro con Cristo es personal y sólo esa experiencia nos hará verlo en cada momento y proclamarlo con nuestra vida, dando testimonio de su amor.

No conozcamos a Cristo por una definición, es mejor conocerlo en un encuentro personal que Él mismo nos va marcando. Escuchemos su voz para saber de verdad quién es Cristo. Cada uno tiene una experiencia diferente con Cristo y, partiendo de esa experiencia, podrá dar testimonio a los demás para también llevarlos a un encuentro con Cristo.

«Este hecho impresiona mucho a los presentes; todos se quedaron pasmados y se preguntan: “¿Qué es esto? […] Manda hasta a los espíritus inmundos y le obedecen”. El poder de Jesús confirma la autoridad de su enseñanza. Él no pronuncia solo palabras, sino que actúa. Así manifiesta el proyecto de Dios con las palabras y con el poder de las obras.

En el Evangelio, de hecho, vemos que Jesús, en su misión terrena, revela el amor de Dios tanto con la predicación como con innumerables gestos de atención y socorro a los enfermos, a los necesitados, a los niños, a los pecadores. Jesús es nuestro Maestro, poderoso en palabras y obras.»

(Homilía de S.S. Francisco, 28 de enero de 2018).

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